Los Reyes Magos. Oro, incienso y mirra. Simbología mágica y religiosa

Oro, incienso y mirra: Regalos para el Rey de Reyes.

 

De todos es sabido que existen desde la prehistoria una serie de productos que son considerados por su simbología, más que por sus propiedades, como dignos de ser ofrendados a reyes, príncipes,  dioses, e incluso a los seres queridos que nos han dejado.

En antiguas sepulturas pertenecientes a la época neolítica e incluso en el periodo mesolítico, ya se han encontrado restos de productos que aún hoy se utilizan en ceremonias y rituales tanto mágicos como religiosos.

Resinas naturales y maderas olorosas (palosanto, sándalo), pétalos de flores muy concretas, y minerales como el oro, la plata o la obsidiana, ésta última principalmente en el continente americano, han sido halladas en tumbas y enterramientos, generalmente de personajes de cierta alcurnia o clase social, política o sacerdotal.

Toda religión que se precie, o al menos la mayoría, ha buscado en algunos productos naturales un componente sagrado que guste a sus divinidades, y que les sirva como agasajo.

El cristianismo no podía ser menos, y así vemos que, según algunos evangelios, justo en el momento de nacer el Niño Dios en Belén, los Reyes Magos acudieron a adorar a Jesús y a ofrecerle algunos dones que confirmaran su divinidad, al mismo tiempo que se producía el homenaje de los humildes pastores.

En el evangelio canónico de Mateo, al igual que en otros evangelios de los conocidos como apócrifos ( no reconocidos por la Iglesia) y en antiquísimas leyendas orientales, se asegura que los Magos llevaron como ofrenda al hijo de María tres regalos muy distintos entre ellos: oro, incienso y mirra.

Hasta aquí todos o casi todos los estudiosos han estado de acuerdo y han aceptado como reales dichos obsequios.

El problema empieza a la hora de dar un significado simbólico a cada uno de estos productos.

Este desacuerdo dependió y sigue dependiendo, en la mayoría de los casos, del origen geográfico del estudioso.

El oro.

Si bien es verdad que a la hora de reconocer que el oro, el rey de los metales preciosos, simboliza la esencia divina de Jesucristo como Rey absoluto del Universo, algunos autores, tanto de los primeros tiempos del cristianismo como en la actualidad, relacionan también este preciado metal con el culto solar.

El oro ha sido para muchos el metal que mejor define la gloria del Sol, el Astro Rey.

No son pocos los estudiosos que han visto en Jesucristo el renacimiento enmascarado de un nuevo culto solar, opuesto al judaísmo. Al igual que a Zoroastro al que algunos autores denominan el Hijo de la Luz.

 

El incienso.

Muy pocas son las religiones antiguas o modernas que no han visto en los distintos inciensos (y también en los exóticos sahumerios) la mejor manera de alabar a la divinidad, así como de purificar el lugar de culto.

Sobre este regalo u ofrenda que se le hace al niño Jesús, los estudiosos Alfredo Cattabiani y Manfred Wolfeng ven dos posibles simbologías.

La más ortodoxa es la que habla del homenaje al Dios Todo Poderoso. Pero también ven la existencia de una más esotérica, en la que se le ofrece el oloroso producto como símbolo de reconocimiento al que será el día de mañana el Cristo-Sacerdote, que con su sacrificio se pondrá como trámite entre el Dios Padre y los seres humanos.

 

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La mirra.

Es ante este regalo en concreto donde existe una verdadera divergencia de opiniones entre los estudiosos, tanto antiguos como en algunos casos del presente.

Esta divergencia proviene, sin duda, de los anteriores cultos que se daban en cada región. Siendo en muchas ocasiones muy distintos los orientales de los occidentales.

Así,  nos encontramos que para los autores y estudiosos de occidente, la mirra prefigura la pasión y posterior muerte de Jesús de Nazaret.

Para defender su teoría recurren al pasaje del evangelio de San Juan donde el discípulo de Cristo explica que el Nazareno fue sepultado con mirra y aloe.

Sobre dicha divergencia el pensador tarraconense Prudencio, que vivió a caballo entre los siglos IV y V, asegura que “el polvo de la mirra preanuncia el sepulcro”.

Cuando el debate sobre su significado entre occidentales y orientales parecía que podía traer algunos problemas, algo muy cotidiano ( e incluso peligroso) en los primeros siglos del cristianismo, cuando un detalle por nimio que fuera podía suponer un pequeño cisma y disidencias entre aquellos variopintos grupos, aparece la poderosa y carismática figura del toscano León Magno o el Grande (390-461), que subió a los altares después de un fecundo papado ( 440-461) y el cual  pontificó: Ofrecieron el incienso al Dios, la mirra al hombre, el oro al rey, venerando conscientemente la unión de la naturaleza divina y de la humana, por que Cristo, aun estando en las propiedades de las dos naturalezas, no estaba dividido en el poder.

Esta aseveración parece que no acabó de convencer a los cristianos orientales, que veían en la mirra algo muy distinto, sin duda debido al recuerdo muy vivo todavía de antiguos cultos.

Para la mayoría de autores antiguos orientales, y aun hoy para algunos pocos armenios y coptos, la mirra era el atributo a Cristo como Sabio y taumaturgo.

Esta creencia oriental quedó patente en el texto conocido como Milione, supuestamente escrito en la exótica lengua uigur ( un dialecto altáico) y en menor medida en algunas versiones del misterioso Libro de la Caverna de los Tesoros.

El hecho de que a Jesús muchos autores orientales lo consideraran también como un Sabio y taumatúrgico proviene, sin duda, tal como asegura Cattabiani, de la creencia que desde los babilonios a los zaroástricos se tenía de los seres superiores que habían llegado al mundo como salvadores de los hombres. Y Jesús era el Salvador por excelencia.

Pero aquella teoría oriental fue rápidamente borrada por la Iglesia. Sólo San Agustín, que, según parece, estuvo durante algún tiempo algo influenciado por el maniqueísmo, fue uno de los pocos padres de la Iglesia que defendió dicha teoría, aunque de manera bastante superficial.

Fuera cuál fuese el verdadero simbolismo de cada elemento, han llegado a nuestros días como presentes de los Reyes al Mesías, prevaleciendo en la actualidad, las teorías occidentales sobre las orientales.

 

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Los tres elementos y la astrología.

Hay una faceta del simbolismo de los tres elementos que siendo muy conocida en la antigüedad quedó casi eclipsada por los siglos, hasta que los modernos estudiosos han vuelto a ella. Nos estamos refiriendo a la simbología que algunos astrólogos vieron y siguen viendo, aun hoy, en cada uno de estas ofrendas.

Algunos estudiosos de la influencia de los astros creen que la famosa Estrella de Belén era ni más ni menos que la triple conjunción de nuestro planeta con los planetas Júpiter y Saturno, estando el Sol en Piscis.

De esta teoría derivó la suposición que el oro, representaba al Sol (el Rey), el incienso a Júpiter ( la religión) y finalmente la mirra a Saturno ( la muerte), todo ello combinado con el pez (Piscis) antiguo símbolo cristiano.

 

 

 

Recuadro.

Existe una curiosa anécdota sobre las tres ofrendas que contó Marco Polo en uno de sus viajes.

Al llegar a una ciudad de Oriente escuchó a un sabio decir que hacía muchos tiempo, tres magos habían acudido a visitar a un niño profeta nacido poco antes. Para saber si era realmente un gran profeta le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Aquella ofrenda era ni más ni menos que una prueba, pues pensaban que si era sólo un rey, cogería el oro, si prefería la mirra, un sabio, y si lo que escogía era el incienso, es que se trataba de un dios.

Su perplejidad fue total al observar que el Niño y sin pensárselo dos veces, escogía las tres ofrendas por igual, sin despreciar a ninguna.

 

Recuadro

 

En diversas zonas exóticas, y que por tradición no conocían alguno de estos elementos, algunos misioneros al contar la historia tuvieron que buscar productos similares, pues si bien el oro era conocido por todos, el incienso como tal y la mirra, fueron cambiados por maderas olorosas como el palo santo ( aún hoy utilizado en rituales sincréticos) y la resina de árboles exóticos

 

Miguel G. Aracil

 

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para saber más

 

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El autor

Periodista y escritor, mis pasos me han llevado a moverme por el mundo del misterio y de todo lo que tiene dos explicaciones: la ortodoxa y la heterodoxa

Una tumba milagrosa en Barcelona. El Santet

Publicado en mi libro » ¿ Milagros en Cataluña? ( Editorial Bastet) reproduzco el capítulo o parte que dediqué a una BUENA persona que, una vez muerta prematuramente se hizo verdadero icono milagrero todavía hoy, más de cién años después de su muerte

 

Una tumba “milagrosa” en plena Barcelona

 

Cuando apareció mi anterior libro Barcelona insólita y heterodoxa ( Editorial Bastet) uno de los temas allí tratados que más interés levantó fue, la existencia de una tumba en la que estaba enterrado desde hacía más de un siglo, un hombre, realmente un muchacho, que al parecer debido a su comportamiento fraternal y solidario se le podría definir como un verdadero santo. Santidad de esas que no se ganan en el Vaticano a cuenta de una cartera llena de billetes, “supuestos” milagros, quema de herejes o de otros intereses  religiosos.

Por ser considerado un lugar con cierta fama milagrera, y al que acuden miles de personas cada año, hemos creído oportuno incluirlo también en este libro

Recuerdo de mis años infantiles, haber escuchado en alguna ocasión hablar en mi casa, posiblemente por parte de mi abuelo materno y mi madre, de un personaje que en otro país hubiera posiblemente motivado reportajes, libros o incluso, su corta y bondadosa vida se hubiera llevado a la gran pantalla en alguna recreación más o menos sensacionalista. Nos estamos refiriendo a Francesc Canals i Ambrós, más conocido como el Santet.

En la Ciudad Condal son pocos, comparados con el número de personas que conforman la población de la capital catalana, los que tan siquiera han oído hablar de él, aunque desde hace más de un siglo, su tumba es visitada por miles de personas que le rezan, ofrecen flores y regalos póstumos y le piden favores, con el silencio solapado o la ignorancia sabedora de la Iglesia, que prefiere ignorar a este personaje antaño muy popular y aclamado por su santidad.

Antes de todo vamos a comentar para evitar equívocos que, este Santet, no debe de ser confundido con otro joven tocayo suyo, de nombre Francesc Pla i Sanyas, muerto en 1918 a los 25 años, el cual fue enterrado en el cementerio de Sant Andreu del Palomar, y que al igual que el anteriormente citado Canals i Ambrós, fue considerado un santo por quienes le conocieron, y aún hoy, casi cien años después de su óbito, queda gente que recuerda su nombre y que en ocasiones, incluso en algún trabajo periodístico poco documentado, se ha confundido a ambos jóvenes de igual nombre.

Al que nos vamos a referir nació en la céntrica plaza de la Llana en una fecha indeterminada (se han barajado varias) del año 1877, en una familia trabajadora, cuyo padre muy posiblemente fue invidente, aunque hay cierta controversia en este tema, pero todo parece indicar que así fue.

Ya desde muy pequeño tuvo la obsesión, muy envidiable por escasa actualmente (y seguramente también en aquel entonces), de ayudar en todo lo que podía a los que le rodeaban, incluso a los que no conocía.

De muy niño empezó a realizar premoniciones que casi siempre se cumplían, y que, con el paso de los años, se fueron multiplicando, hasta el punto de no saber actualmente a ciencia cierta cuáles fueron reales y cuáles invenciones y leyendas posteriores.

A los 14 años y para ayudar a su necesitada familia, Francesc se puso a trabajar en los por aquel entonces famosos almacenes El Siglo, los más antiguos de España, fundados el año 1878. Al poco tiempo de estar en aquella empresa, se había ganado la estimación de todos sus compañeros, sin que tan siquiera uno hablara mal de él, pues a todos ayudaba, fueran jefes, compañeros o clientes.

Se decía que, nunca negó un favor a nadie. Fuera quién fuera.

Ya en aquellos años empezó a ser conocido por todos como el Santet.

Algunos veían con cierta preocupación que las extrañas premoniciones que Francesc tenía, se convertían en realidad al poco tiempo, y se dio el caso de que, incluso tras su muerte se fueron cumpliendo algunas de sus predicciones, siendo quizá la más famosa, el pavoroso incendio que arrasó casi totalmente los almacenes El Siglo (25 de diciembre de 1932) más de tres décadas después de su prematura muerte.

Una de las premoniciones que más impactó entre sus compañeros y amigos fue la de su propia fallecimiento, que aconteció un caluroso 27 de julio de 1899, casi con toda seguridad a causa de una grave enfermedad pulmonar, no de un incendio como algunos investigadores de salón han asegurado.

Al fallecer, fue enterrado en el cementerio del Poble Nou ,también conocido como De Levante,  uno de los más antiguos de la Ciudad Condal, pues se mandó edificar en un principio en el año 1775 por el obispo Josep Climent i Avinent a raíz de la Orden Real de edificar los cementerios fuera de las ciudades, ya que hasta entonces se venían realizando los enterramientos y desde tiempos inmemoriales en los famosos cementerios parroquiales, junto a las casas habitadas, con la falta de higiene que ello comportaba.

Dicho obispo escogió un paraje abandonado cerca de la playa de la Mar Bella.

La idea del actual cementerio del popular barrio fue del arquitecto italiano Antonio Ginesi, edificado sobre las ruinas de las tumbas profanadas por los vandálicos soldados napoleónicos el año 1813. Fue bendecido de nuevo por el obispo Sitjar el 15 de abril de 1819.

Al poco de ser enterrado, algunas compañeras de trabajo que no lo olvidaban, tras casarse visitaban la tumba y ofrecían el ramo de flores al difunto. En algún momento, imposible de saber en la actualidad, alguien aseguró que, había pedido al difunto un favor, y éste, desde el Más Allá, se lo había concedido.

Aquello se extendió primero entre los empleados de los almacenes El Siglo, y más tarde corrió el rumor de boca en boca por toda la ciudad así como poblaciones vecinas, y grandes cantidades de gente acudían a la tumba a poner flores, dejar alguna pequeña ofrenda ( normalmente figurillas religiosas o estampa) y pedir favores.

Dice la voz popular que muchos de aquellos favores eran concedidos por el santet, y que, incluso llegó a producirse algún milagro, normalmente curaciones paranormales, en algunos casos de niños. De los que no se guarda prueba documental alguna. Siempre al rezar cerca de la tumba.

Es recordada la invocación que hizo una mujer al ver que su nieto iba a ser atropellado por un vehículo que avanzaba hacia él, y al invocar instintivamente al benéfico Francesc, su nieto salvó milagrosamente la vida.

Con el auge del espiritismo, me comentaba hace ya bastantes años el investigador Julio Roca Muntanyola, uno de los pioneros en la investigación, más metapsíquica que parapsicológica en nuestro país, que, algunos grupos de espiritistas (no olvidemos que la “madre” del espiritismo en nuestra tierra, la sevillana Amalia Domingo Soler está enterrada en Barcelona) realizaron sesiones espiritistas junto a la tumba[1].

Incluso, algunas personas habían asegurado que la imagen gentil y bondadosa de Francesc se podía observar en ocasiones entre las lápidas cercanas del camposanto.

Fuera como fuera, la fama “milagrera” que tuvo el Santet creció día a día, hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XX.

Aún hoy, más de un siglo después de su fallecimiento, bastantes personas, generalmente mayores, aunque parece ser que las hay de todas las edades, acuden a rezar, a implorar favores, o sencillamente a dejar algunas flores, estampas, peticiones, figurillas… a la tumba de alguien que además de unas innegable facultades parapsicológicas (clarividencia y premonición) fue una persona BUENA, y  a quién, mucha de la gente que lo conoció, lo consideró sencilla y llanamente un santo.

Aunque la Iglesia siempre haya ignorado su existencia, al igual que ha hecho con otras personas realmente BUENAS.

Nos tomaremos la licencia “pecaminosa” de “preconizar” que, con Vicente Ferrer, ese Gran Hombre, que amó y ayudó siempre a su prójimo, sucederá lo mismo, o bien tardará mucho en subir a los altares. Jose María Escribá de Balaguer lo tuvo más fácil…

Varios nichos expresamente habilitados para recoger las ofrendas que aún hoy le hacen los visitantes al cementerio, nos demuestran la fe que todavía hoy, alguna gente sigue teniendo en el santet.

Una visita al antiguo cementerio de Poble Nou[2], además de un interesante paseo por la arquitectura funeraria de Barcelona, de indudable interés cultural y artístico, merece una parada obligatoria, quizá para rezar o pedir algo[3], ante la tumba donde reposan los restos de una persona que fue considerada por quiénes le conocieron “santo” en vida, y “milagrero” tras su muerte.

 

Nota de bitácora

Cuando este entrañable personaje apareció en mi anterior libro Barcelona insólita y heterodoxa[4] recibí algunos correos electrónicos o comentarios de personas que había ido al cementerio y no pudieron encontrar dicha tumba, además de no hallar ninguna persona que pudiera orientarlos en dicho camposanto.

Para evitar pérdidas, quién quiera visitar tan curioso lugar, debe buscarlos en el interior de la “Isla IV”.

La gran cantidad de flores y ofrendas, así como de personas, si es día festivo, les indicarán rápidamente dónde reposa el Santet.

De todos modos, en caso de no encontrarlo, en la puerta de acceso que da a la Vía Icaria, junto a las pirámides, acostumbra haber algún servicio de vigilancia o de información.

En dicha puesta además hay unos folletos gratuitos sobre la Ruta del Cementiri de Poble Nou. El número 6 allí indicado corresponde a dicha tumba.

[1] Existe un gran desconocimiento por el público en general sobre la llegada del espiritismo a Barcelona y el resto de Cataluña. Casi con toda seguridad, y para perplejidad de la mayoría de estudiosos, esta filosofía o creencia llegó de la mano de algunos militares (sin duda del sector liberal) de alta graduación, destacando el célebre general Bassols, y con la ayuda del poderoso vizconde de Torres de Salanot. Aunque fuera Amalia Domingo la más popular dirigente, y fundadora de la revista espírita La Luz del Porvenir que se editaría hasta el año 1936.

Para los interesados en las distintas manifestaciones y publicaciones espiritistas en tierras catalanas, recomendamos el trabajo, quizá excesivamente ortodoxo, de Ventura i Subirats sobre el espiritismo en Cataluña, englobado en su libro sobre las herejías en Cataluña.

 

[2] En Histories i Llegendes de Barcelona,  Joan Amades comenta algunos casos de los primeras décadas de funcionamiento de dicho cementerio que son más dignas de una novela gótica de terror que de una crónica de Barcelona. Manadas de lobos desenterrando y devorando cadáveres, ladrones de tumbas, mercancías pertenecientes a difuntos enterrados con ellas, que se encontraban a la venta en algunos establecimientos de la ciudad.

Sin duda el cambio de sistema funerario, con el despido de muchos enterradores de los distintos cementerios parroquiales, pudo  fomentar cierta delincuencia fúnebre muy corriente en los cementerios de otras localidades de Europa y América

[3] El lluvioso domingo 30 de enero (2011) estuvimos en dicho cementerio para realizar un reportaje sobre la masonería en Barcelona. En dicho camposanto son bastantes las huellas masónicas existentes. Empezando por las dos grandes pirámides que nos reciben en la entrada, y los “Ojos que todo lo ven” que hay en ellas. Así cómo alguna otra pirámide misteriosa y sin inscripción que podemos encontrar en su interior ( parte “noble” o de los grandes mausoleos)

Al llegar a la tumba del Santet pudimos ver que estaba mejor ordenado. A su sepultura, dónde reposan sus restos, se había de añadir doce más, todos ellos llenos de exvotos y pequeños regalos. Así como, centenares de regalos y ofrendas de todo tipo.

A nuestro lado un grupo de señoras de edad avanzada rezaban ante la tumba. La persona que me acompañaba en esos momentos, atea convencida,  curiosamente rezó a Francesc, y según me dijo, pidió al Santet algo que sólo ella sabrá. Es imposible no sentirse emocionado ante la tumba de ese hombre, BUENO y santo de verdad.

[4]  Publicado en esta misma editorial en 2009.Ver Bibliografía.

El autor

Periodista y escritor, mis pasos me han llevado a moverme por el mundo del misterio y de todo lo que tiene dos explicaciones: la ortodoxa y la heterodoxa