Una tumba milagrosa en Barcelona. El Santet

Publicado en mi libro » ¿ Milagros en Cataluña? ( Editorial Bastet) reproduzco el capítulo o parte que dediqué a una BUENA persona que, una vez muerta prematuramente se hizo verdadero icono milagrero todavía hoy, más de cién años después de su muerte

 

Una tumba “milagrosa” en plena Barcelona

 

Cuando apareció mi anterior libro Barcelona insólita y heterodoxa ( Editorial Bastet) uno de los temas allí tratados que más interés levantó fue, la existencia de una tumba en la que estaba enterrado desde hacía más de un siglo, un hombre, realmente un muchacho, que al parecer debido a su comportamiento fraternal y solidario se le podría definir como un verdadero santo. Santidad de esas que no se ganan en el Vaticano a cuenta de una cartera llena de billetes, “supuestos” milagros, quema de herejes o de otros intereses  religiosos.

Por ser considerado un lugar con cierta fama milagrera, y al que acuden miles de personas cada año, hemos creído oportuno incluirlo también en este libro

Recuerdo de mis años infantiles, haber escuchado en alguna ocasión hablar en mi casa, posiblemente por parte de mi abuelo materno y mi madre, de un personaje que en otro país hubiera posiblemente motivado reportajes, libros o incluso, su corta y bondadosa vida se hubiera llevado a la gran pantalla en alguna recreación más o menos sensacionalista. Nos estamos refiriendo a Francesc Canals i Ambrós, más conocido como el Santet.

En la Ciudad Condal son pocos, comparados con el número de personas que conforman la población de la capital catalana, los que tan siquiera han oído hablar de él, aunque desde hace más de un siglo, su tumba es visitada por miles de personas que le rezan, ofrecen flores y regalos póstumos y le piden favores, con el silencio solapado o la ignorancia sabedora de la Iglesia, que prefiere ignorar a este personaje antaño muy popular y aclamado por su santidad.

Antes de todo vamos a comentar para evitar equívocos que, este Santet, no debe de ser confundido con otro joven tocayo suyo, de nombre Francesc Pla i Sanyas, muerto en 1918 a los 25 años, el cual fue enterrado en el cementerio de Sant Andreu del Palomar, y que al igual que el anteriormente citado Canals i Ambrós, fue considerado un santo por quienes le conocieron, y aún hoy, casi cien años después de su óbito, queda gente que recuerda su nombre y que en ocasiones, incluso en algún trabajo periodístico poco documentado, se ha confundido a ambos jóvenes de igual nombre.

Al que nos vamos a referir nació en la céntrica plaza de la Llana en una fecha indeterminada (se han barajado varias) del año 1877, en una familia trabajadora, cuyo padre muy posiblemente fue invidente, aunque hay cierta controversia en este tema, pero todo parece indicar que así fue.

Ya desde muy pequeño tuvo la obsesión, muy envidiable por escasa actualmente (y seguramente también en aquel entonces), de ayudar en todo lo que podía a los que le rodeaban, incluso a los que no conocía.

De muy niño empezó a realizar premoniciones que casi siempre se cumplían, y que, con el paso de los años, se fueron multiplicando, hasta el punto de no saber actualmente a ciencia cierta cuáles fueron reales y cuáles invenciones y leyendas posteriores.

A los 14 años y para ayudar a su necesitada familia, Francesc se puso a trabajar en los por aquel entonces famosos almacenes El Siglo, los más antiguos de España, fundados el año 1878. Al poco tiempo de estar en aquella empresa, se había ganado la estimación de todos sus compañeros, sin que tan siquiera uno hablara mal de él, pues a todos ayudaba, fueran jefes, compañeros o clientes.

Se decía que, nunca negó un favor a nadie. Fuera quién fuera.

Ya en aquellos años empezó a ser conocido por todos como el Santet.

Algunos veían con cierta preocupación que las extrañas premoniciones que Francesc tenía, se convertían en realidad al poco tiempo, y se dio el caso de que, incluso tras su muerte se fueron cumpliendo algunas de sus predicciones, siendo quizá la más famosa, el pavoroso incendio que arrasó casi totalmente los almacenes El Siglo (25 de diciembre de 1932) más de tres décadas después de su prematura muerte.

Una de las premoniciones que más impactó entre sus compañeros y amigos fue la de su propia fallecimiento, que aconteció un caluroso 27 de julio de 1899, casi con toda seguridad a causa de una grave enfermedad pulmonar, no de un incendio como algunos investigadores de salón han asegurado.

Al fallecer, fue enterrado en el cementerio del Poble Nou ,también conocido como De Levante,  uno de los más antiguos de la Ciudad Condal, pues se mandó edificar en un principio en el año 1775 por el obispo Josep Climent i Avinent a raíz de la Orden Real de edificar los cementerios fuera de las ciudades, ya que hasta entonces se venían realizando los enterramientos y desde tiempos inmemoriales en los famosos cementerios parroquiales, junto a las casas habitadas, con la falta de higiene que ello comportaba.

Dicho obispo escogió un paraje abandonado cerca de la playa de la Mar Bella.

La idea del actual cementerio del popular barrio fue del arquitecto italiano Antonio Ginesi, edificado sobre las ruinas de las tumbas profanadas por los vandálicos soldados napoleónicos el año 1813. Fue bendecido de nuevo por el obispo Sitjar el 15 de abril de 1819.

Al poco de ser enterrado, algunas compañeras de trabajo que no lo olvidaban, tras casarse visitaban la tumba y ofrecían el ramo de flores al difunto. En algún momento, imposible de saber en la actualidad, alguien aseguró que, había pedido al difunto un favor, y éste, desde el Más Allá, se lo había concedido.

Aquello se extendió primero entre los empleados de los almacenes El Siglo, y más tarde corrió el rumor de boca en boca por toda la ciudad así como poblaciones vecinas, y grandes cantidades de gente acudían a la tumba a poner flores, dejar alguna pequeña ofrenda ( normalmente figurillas religiosas o estampa) y pedir favores.

Dice la voz popular que muchos de aquellos favores eran concedidos por el santet, y que, incluso llegó a producirse algún milagro, normalmente curaciones paranormales, en algunos casos de niños. De los que no se guarda prueba documental alguna. Siempre al rezar cerca de la tumba.

Es recordada la invocación que hizo una mujer al ver que su nieto iba a ser atropellado por un vehículo que avanzaba hacia él, y al invocar instintivamente al benéfico Francesc, su nieto salvó milagrosamente la vida.

Con el auge del espiritismo, me comentaba hace ya bastantes años el investigador Julio Roca Muntanyola, uno de los pioneros en la investigación, más metapsíquica que parapsicológica en nuestro país, que, algunos grupos de espiritistas (no olvidemos que la “madre” del espiritismo en nuestra tierra, la sevillana Amalia Domingo Soler está enterrada en Barcelona) realizaron sesiones espiritistas junto a la tumba[1].

Incluso, algunas personas habían asegurado que la imagen gentil y bondadosa de Francesc se podía observar en ocasiones entre las lápidas cercanas del camposanto.

Fuera como fuera, la fama “milagrera” que tuvo el Santet creció día a día, hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XX.

Aún hoy, más de un siglo después de su fallecimiento, bastantes personas, generalmente mayores, aunque parece ser que las hay de todas las edades, acuden a rezar, a implorar favores, o sencillamente a dejar algunas flores, estampas, peticiones, figurillas… a la tumba de alguien que además de unas innegable facultades parapsicológicas (clarividencia y premonición) fue una persona BUENA, y  a quién, mucha de la gente que lo conoció, lo consideró sencilla y llanamente un santo.

Aunque la Iglesia siempre haya ignorado su existencia, al igual que ha hecho con otras personas realmente BUENAS.

Nos tomaremos la licencia “pecaminosa” de “preconizar” que, con Vicente Ferrer, ese Gran Hombre, que amó y ayudó siempre a su prójimo, sucederá lo mismo, o bien tardará mucho en subir a los altares. Jose María Escribá de Balaguer lo tuvo más fácil…

Varios nichos expresamente habilitados para recoger las ofrendas que aún hoy le hacen los visitantes al cementerio, nos demuestran la fe que todavía hoy, alguna gente sigue teniendo en el santet.

Una visita al antiguo cementerio de Poble Nou[2], además de un interesante paseo por la arquitectura funeraria de Barcelona, de indudable interés cultural y artístico, merece una parada obligatoria, quizá para rezar o pedir algo[3], ante la tumba donde reposan los restos de una persona que fue considerada por quiénes le conocieron “santo” en vida, y “milagrero” tras su muerte.

 

Nota de bitácora

Cuando este entrañable personaje apareció en mi anterior libro Barcelona insólita y heterodoxa[4] recibí algunos correos electrónicos o comentarios de personas que había ido al cementerio y no pudieron encontrar dicha tumba, además de no hallar ninguna persona que pudiera orientarlos en dicho camposanto.

Para evitar pérdidas, quién quiera visitar tan curioso lugar, debe buscarlos en el interior de la “Isla IV”.

La gran cantidad de flores y ofrendas, así como de personas, si es día festivo, les indicarán rápidamente dónde reposa el Santet.

De todos modos, en caso de no encontrarlo, en la puerta de acceso que da a la Vía Icaria, junto a las pirámides, acostumbra haber algún servicio de vigilancia o de información.

En dicha puesta además hay unos folletos gratuitos sobre la Ruta del Cementiri de Poble Nou. El número 6 allí indicado corresponde a dicha tumba.

[1] Existe un gran desconocimiento por el público en general sobre la llegada del espiritismo a Barcelona y el resto de Cataluña. Casi con toda seguridad, y para perplejidad de la mayoría de estudiosos, esta filosofía o creencia llegó de la mano de algunos militares (sin duda del sector liberal) de alta graduación, destacando el célebre general Bassols, y con la ayuda del poderoso vizconde de Torres de Salanot. Aunque fuera Amalia Domingo la más popular dirigente, y fundadora de la revista espírita La Luz del Porvenir que se editaría hasta el año 1936.

Para los interesados en las distintas manifestaciones y publicaciones espiritistas en tierras catalanas, recomendamos el trabajo, quizá excesivamente ortodoxo, de Ventura i Subirats sobre el espiritismo en Cataluña, englobado en su libro sobre las herejías en Cataluña.

 

[2] En Histories i Llegendes de Barcelona,  Joan Amades comenta algunos casos de los primeras décadas de funcionamiento de dicho cementerio que son más dignas de una novela gótica de terror que de una crónica de Barcelona. Manadas de lobos desenterrando y devorando cadáveres, ladrones de tumbas, mercancías pertenecientes a difuntos enterrados con ellas, que se encontraban a la venta en algunos establecimientos de la ciudad.

Sin duda el cambio de sistema funerario, con el despido de muchos enterradores de los distintos cementerios parroquiales, pudo  fomentar cierta delincuencia fúnebre muy corriente en los cementerios de otras localidades de Europa y América

[3] El lluvioso domingo 30 de enero (2011) estuvimos en dicho cementerio para realizar un reportaje sobre la masonería en Barcelona. En dicho camposanto son bastantes las huellas masónicas existentes. Empezando por las dos grandes pirámides que nos reciben en la entrada, y los “Ojos que todo lo ven” que hay en ellas. Así cómo alguna otra pirámide misteriosa y sin inscripción que podemos encontrar en su interior ( parte “noble” o de los grandes mausoleos)

Al llegar a la tumba del Santet pudimos ver que estaba mejor ordenado. A su sepultura, dónde reposan sus restos, se había de añadir doce más, todos ellos llenos de exvotos y pequeños regalos. Así como, centenares de regalos y ofrendas de todo tipo.

A nuestro lado un grupo de señoras de edad avanzada rezaban ante la tumba. La persona que me acompañaba en esos momentos, atea convencida,  curiosamente rezó a Francesc, y según me dijo, pidió al Santet algo que sólo ella sabrá. Es imposible no sentirse emocionado ante la tumba de ese hombre, BUENO y santo de verdad.

[4]  Publicado en esta misma editorial en 2009.Ver Bibliografía.

El autor

Periodista y escritor, mis pasos me han llevado a moverme por el mundo del misterio y de todo lo que tiene dos explicaciones: la ortodoxa y la heterodoxa

Las catedrales y sus misterios

                                             Prólogo

Ya dijo en su momento el autor de un clásico que todo el mundo debería de leer, El misterio de las catedrales, “que la catedral es el refugio de todos los infortunios”. Su nombre era Fulcanelli, y su existencia estuvo tan rodeada de misterio, fue tan difusa, que no contento con haber escrito un libro que acercó como ningún otro los secretos de estos grandes templos al público de masas, además, jamás reveló su verdadera identidad, como si él mismo formara parte de un descomunal secreto… Porque hubo un tiempo en el que la “herejía”, la fiesta popular, el rito sexual, el paganismo en esencia se dieron cita en el interior de algunos de estos templos, como una forma de protegerse de la intolerancia, y de plasmar siglos de saber para que éste no se perdiese. Y añadió, en un alarde de atrevimiento, que estos edificios en los que la piedra habla para aquellos que sepan escuchar, son santuarios “de la tradición, de la ciencia y del arte, (la catedral) no debe de ser observada como una obra dedicada únicamente a la gloria del cristianismo, sino más bien como una amplia reunión de ideas, de tendencias, de creencias populares, un conjunto perfecto al cual se puede hacer referencia, sin miedo, cada vez que uno sienta la necesidad de profundizar en el pensamiento de los antepasados en cualquier ámbito: tanto religioso como laico, filosófico o social”. Es decir, todo aquello que molesta a quienes se dicen legítimos dueños de algo que pertenece a la Humanidad, con mayúsculas… Porque en el tiempo en el que fueron levantadas, todavía se bebía profusamente de esos saberes paganos de épocas anteriores, extrayendo como el alquimista la quintaesencia de lo que de bueno tuvieron éstos. Por eso no es extraño, si escudriñamos más que miramos las paredes de dichos templos, observar elementos que a ojos del siglo XXI resultarían aberrantes. De otro modo, ¿cómo explicar que en los canecillos de determinadas catedrales, especialmente las enmarcadas en el “sobrecogedor” arte gótico, aparezcan figuras femeninas y masculinas con sus atributos sexuales extraordinariamente destacados, más aún si pensamos que el hombre de ese tiempo acababa de salir de un sobrio y beatífico románico? ¿Cómo entender la relación de muchas de estas construcciones con determinados fenómenos astronómicos, que en cierto modo perpetúan un paganismo que no deja de ser una china en el zapato de la curia católica? ¿Cómo explicar que el maestro constructor refleje sobre esa misma piedra zodiacos, seres mitológicos o, incluso, dioses de otro tiempo…? Es difícil, como decía anteriormente, de entender desde la óptica de nuestro tiempo; por eso no debemos de caer en la tentación de explicarlo sin haber hecho antes un ejercicio fundamental y en cierto modo esclarecedor, que muy bien ha entendido el autor de este trabajo: no es ese tiempo el que ha de adaptarse al nuestro; somos nosotros quienes hemos de viajar, con los datos y el polvo del camino, a aquel tiempo para así lograr comprenderlo. Porque las catedrales son testamentos de piedra, que como dice el escritor Javier G. Blanco en el libro Gótica, “están provistos de una rica simbología. Se trata de un cúmulo de mensajes que el hombre actual no es capaz de leer, o, al menos, en su totalidad. Las esculturas, las vidrieras y la disposición y dimensiones del propio templo ‘hablan’ y transmiten a la posteridad un bagaje de conocimientos procedentes de las estrellas”, la astrología y cosmología en estado puro.

No es cuestión de hablar de otro libro, menos aún cuando mi amigo Miguel G. Aracil me pide, todavía no sé muy bien por qué, que prologue las páginas que se sucederán a partir de este escrito. Pero como lo conozco desde hace años y sé que no da “puntada sin hilo”, imagino que alguna explicación debe de tener que yo me encuentre abriendo estas hojas que, ahora sí, permiten al hombre actual entender el porqué de tanto conocimiento oculto; oculto no porque desearan esconderlo, si no porque no somos capaces de interpretarlo, salvo con trabajos como éste. Porque este libro es el resultado de años de estudio y de mucho viaje, de ese conocimiento que como los antiguos maestros de la piedra, ahora, maestros del papel como mi querido Miguel se han empeñado en que no se pierda jamás.

Sea como fuere, la historia que acompaña a estas letras, la que el lector encontrará nada más pasar página, no deja de ser un silencioso homenaje a una época en la que los hombres, llevados por una curiosidad efervescente, incapaces de entender cuanto les rodeaba sin atender a los conocimientos pasados, en cierto modo con la idea de perpetuarlos, levantaron estos imponentes edificios de piedra con el objetivo de alcanzar los cielos.

 

Y vaya si lo consiguieron…

 

Lorenzo Fernández Bueno

Director de la revista ENIGMAS

 

 

 

El por qué de este libro…

 

“Aunque no veas algo, no quiere decir que no exista”

 

Recuerdo que fue en septiembre de 1977. Me acababa de licenciar del servicio militar. Obligatorio en esos tiempos.

Una inocua pero engorrosa patología vírica me tuvo en cama varios días. Aquella “comodidad” obligada contrastaba con casi un año y medio de dar saltos por el monte; CETME (fusil de asalto español) en la mano, boina azul en la cabeza, y chusco tres veces al día.

Mi padre me regaló, para pasar de forma más agradable aquellos forzosos días de reposo, dos libros de la formidable colección Otros mundos de editorial Plaza y Janés. Una colección formada por 148 ejemplares que serían la joya de la literatura esotérica de aquellos tiempos.

Uno de ellos, titulado El Misterio de las catedrales, del misterioso personaje que firmaba cómo Fulcanelli, me dejó, primero perplejo, después asombrado, y más tarde deseoso de pasearme tranquilamente por tantas catedrales cómo pudiera. Pensando encontrar “secretos” y misterios que antes de leer dicho libro tan siquiera sabía que existían.

La verdad es que pocos encontré. Y menos en aquellos tiempos.

Tenía yo 22 años, y pocos conocimientos esotéricos. Ni por asomo me creía que con el tiempo llegaría a publicar más de medio centenar de libros, la mayoría ensayos, sobre temas de misterio, enigmas, heterodoxia, esoterismo o sobre “la otra Historia”.

Lo que sí perduró fue mi afición, desde entonces, a buscar la “otra realidad” y los crípticos mensajes que guardan muchos templos; y prácticamente, de una forma u otra, de forma más generosa o menos, casi TODAS las catedrales antiguas. Principalmente las góticas.

He de reconocer que, siendo católico mis primeros veinticinco años; y agnóstico, derivando hacia el ateismo (que no es lo mismo) en la actualidad, generalmente lo primero que hago al llegar a una ciudad es visitar y recorrer su catedral,

No olvidemos que el gótico (y algo menos el románico) es en sí mismo una enciclopedia, un compendio, de conocimientos que, combinados, ocultos o mimetizados para la mayoría, consiguieron que la cristiandad pasara poco a poco del oscurantismo de la Alta Edad Media, al nacimiento de cierta luz en la Baja Edad Media. Verdadera puerta de lo que más tarde se conocería cómo el resplandeciente Renacimiento.

En tres décadas y media he visitado muchas catedrales de una buena parte de Europa, aunque las que he podido estudiar más profundamente, por ser las de mi tierra, son, lógicamente, las catalanas.

Pensemos que el hombre medieval vivía en un mundo en el que la Libertad, con mayúsculas, era prácticamente inexistente.

La Iglesia Católica lo dominaba todo y a todos. Quién se salía de la vereda del dogmatismo lo pagaba. Fuera con la cárcel, la tortura, la excomunión, el capirote, o en muchos miles de casos con el “fuego purificador”.

Por dicha razón, muchas personas que caminaban por sendas más heterodoxas, cuando no directamente heréticas, y que quisieron dejar un mensaje a sus coetáneos y a sus sucesores, plagaron las catedrales de mensajes crípticos que sólo unos pocos, tanto en aquellos tiempos cómo en la actualidad ( en este caso debido a la incultura cada vez más floreciente…) pudieran interpretar.

Las catedrales de Cataluña tal vez no pueden compararse con sus “hermanas”  de Francia, cuna del gótico, o incluso con algunas de Castilla (Burgos y León) o de la antigua Germania y de Italia; pero son verdaderos monumentos y homenaje a unos siglos, más bien pocos, en los que un reducido número de hombres ( a la mujer apenas se la tenía en cuenta por desgracia) quisieron hacer entrar la Luz en los oscuros templos románicos. Esa Luz que algunos llamaron la “Luz de Dios”, y otros, más heterodoxos, la “Puerta del Saber”.

En unos momentos en que el oscuro románico era un símbolo más, con su solidez, pero con su penumbra eterna, de la ignorancia y el miedo, las grandes catedrales góticas acercaron a Dios al pueblo.

Sus alegres rosetones inundaron de claridad las tinieblas. Le gente entraba sin tanto temor al interior de aquellas inmensas “casas de Dios”, y la Europa de la Luz y la Sabiduría empezaba a renacer después de casi siete siglos de “oficialmente” barbarie, incultura y oscurantismo.

Con las grandes catedrales, principalmente góticas, pero también en algunos casos románicas, nos encontramos con uno de los grandes misterios de la Humanidad, el número sagrado o áureo.

Conocido desde la antigüedad, pues hay quién lo relaciona con las pirámides egipcias, y está demostrado que ya los griegos lo conocían, este “número de Dios” o sagrado, se convierte en una herramienta imprescindible a la hora de construir las grandes catedrales.

El historiador y escritor Mariano Fernández Urresti dijo en una ocasión: “Las catedrales no sólo fueron lugares de culto religioso, sino puntos de encuentro de la sociedad de entonces. Una catedral gótica es una atmósfera muy especial, la luz, el silencio estruendoso…”

Hemos de pensar que los grandes constructores de catedrales[1] veían en el símbolo algo más que una simple escultura o imagen.

Para ellos, el mensaje, el conocimiento, se apoyaban en su totalidad sobre el símbolo lítico como si se tratara de una gran piedra inmutable que ni los vientos, ni las tempestades y revoluciones de la Historia pudieran mover o hacer desaparecer.

Pensemos que en el caso de Francia, las catedrales, más de cien,  están, al parecer, dispuestas sobre el mapa galo formando, casi todas ellas ( o todas), algo parecido a la constelación de Virgo y la mayoría de ellas están vinculadas “oficialmente” a Nuestra Señora.

Es muy difícil hablar de las catedrales medievales, principalmente de las góticas, las más herméticas, sin mencionar a los caballeros templarios, cómo ya hicimos en anteriores libros[2].

No podemos afirmar  con total seguridad que los caballeros del Temple tuvieran una relación directa con la edificación  y el nacimiento de las grandes catedrales góticas, aunque, si nos fijamos en la coincidencia cronológica entre el nacimiento del gótico, y de dicha orden religiosa-militar, y la obsesión de los templarios por los lugares sagrados, sobre los que en muchos casos fueron edificados estas catedrales, nos atreveríamos a afirmar, a nivel muy personal ( aunque ya lo han hecho anteriormente otros muchos autores) que sí tuvieron los monjes-guerreros bastante qué ver con el florecimiento de las grandes catedrales de la Baja Edad Media. Y en muchos casos, algunos los podremos observar en este libro, se ubicaron muy cerca de ellas.

Románicas en menor número, góticas en la gran mayoría, las catedrales guardaron, y siguen guardando en muchos de sus símbolos, un mensaje esotérico y heterodoxo para quién sepa o quiera interpretarlo.

La alquimia, la búsqueda de la Gran Obra, está presente en bastantes de ellas.

Santos y santas del modelo que el recientemente fallecido (cuando escribimos este prólogo hemos sabido su muerte) escritor y filólogo valenciano Juan García Atienza denominaba “santos diabólicos”[3] ; o criaturas monstruosas que si nos fijamos no lo son tanto, o, quizá, representan algo muy distinto a lo que sugieren, son una constante en las grandes catedrales.

Muchas de ellas, como la francesa de Chartres, la galesa de St. David, o la inglesa de Norwich (Norfolk) están ubicadas sobre antiguos santuarios prehistóricos; grandes megalíticos en su mayoría.

No es nuestra intención presentar un ensayo sobre los mensajes y los secretos de los maestros constructores de catedrales.

Ya existen sobre este tema trabajos  muy serios;otros algo menos, y unos pocos verdaderas obras de ciencia ficción.

Quién quiera profundizar en los misterios de las catedrales a nivel europeo podrá encontrar al final de esta obra una bibliografía que sin duda le será de utilidad.

La finalidad que nos hemos impuesto al escribir este libro es presentar, una por una, todas las catedrales que tenemos en nuestra tierra, Cataluña. Y que, no por muy visitadas (algunas, que no todas) dejan de seguir guardando en muchos casos el secreto y el mensaje que hace siglos sus maestros constructores, y “quien estuviera detrás”… quisieron legar a las futuras generaciones.

Verá el lector que hemos añadido unas pocas que, aunque no son consideradas catedrales “oficiales” por la Iglesia, como la de Castelló d´Empúries, o la de Manresa, por ejemplo, sí lo son para muchos miles de fieles. Y sus dimensiones, sus mensajes, su historia, y su arquitectura las convierte, de facto, en catedrales por méritos propios.

Hace aproximadamente un año (noviembre del 2010) que el actual Papa de Roma, Benedicto XVI, vino personalmente a consagrar la majestuosa Sagrada Familia de Barcelona, dejándola con la categoría de basílica.

Son cientos de miles de fieles los que la consideran la “última catedral de Europa”, edificada por el llamado “Arquitecto de Dios”, Antoni Gaudí, que no fue refractario, según parece, a ciertos conocimientos esotéricos, como queda bien plasmado en su inmenso y majestuoso templo. Así cómo en otras edificaciones menos conocidos del genial arquitecto catalán.

Por dicha razón, y, aunque “sólo” se la considere basílica, hemos decidido dedicarle un capítulo, ya que, aunque no fuera edificada en el mediévolo, y, tan siquiera está terminada en la actualidad, nosotros, como otros muchos catalanes ( creyentes o no), la seguimos considerando una verdadera catedral. Con todos los mensajes ( y misterios) esotéricos que hacen, como ya dijimos en un libro anterior[4]  que la tan turística Sagrada Familia de Barcelona sea una verdadera enciclopedia esotérica y alquímica. La cual tiene sus páginas abiertas para quién quiera o sepa leer en los símbolos de la piedra; herederos de otros similares pero siglos más antiguos.

 

Barcelona-Cap de Creus (Girona), finales de verano del 2011

 

[1] El mensaje de los constructores de catedrales. Christian Jacq-Francois Brunier. Plaza y Janés

[2] Ver del autor La Cara Oculta del Temple  Ediciones Espejo de Tinta, Historia oculta de los templarios Editorial América Ibérica, Guía práctica de la Cataluña cátara y templaria  editado por esta editorial ( Bastet)

[3] El Santoral diabólico, Editorial Martínez-Roca, colección Fontana Fantástica

[4] La Barcelona insólita y heterodoxa. Publicado por esta misma editorial.

 

Para saber más: www.editorialbastet.com

 

El autor

Periodista y escritor, mis pasos me han llevado a moverme por el mundo del misterio y de todo lo que tiene dos explicaciones: la ortodoxa y la heterodoxa