Me cuadro ante cualquier monumento a los soldados caídos. sean los que sean

ANTES DE EMPEZAR:

In memoriam

Tal día como hoy de 1944, 156,240 soldados aliados desembarcaron en las playas de Normandía ( Francia)

In memóriam a todos los soldados, fuera cuál fuera su empleo ( graduación) que contribuyeron con su valor a la derrota del nazismo y la liberación de Europa.

Una Europa que vuelve a estar en peligro, en esta ocasión por los populismos y nacionalismo.

 

Dicho lo cual paso a comentar.

 

Era una mañana desangelada de 1981. Hacía poco que en España el teniente coronel Tejero había intentado dar un golpe de estado. Vete tú a saber orquetado por quién.

Mi mente andaba en esos momentos por otros lares pues mi padre ( exboxeador y submarinista y sin duda mi mejor amigo) con cincuenta  años moría de una cabrona enfermedad contra la que luchó un año..

Aunque el «tejerazo» era casi reciente , aquella mañana yo necesitaba refugiarme en los brazos de Morfeo pues me caía de sueño.

Una estridente y varonil voz hizo que me levantara de la cama, me duchara (con suerte) , bajara al sucio y frío comedor de un desangelado hotel de Bucarets y desayunara ( yo jamás desayuno) lo mismo que sería la comida y la cena durante algunas semanas. Patatas y tocino frito.

La que había dado el » toque de diana», y así lo haría durante algunas semanas, se llamaba Petrusca y era una «varonil» mujer que, sólo llegar a los fríos países que iba a visitar  me había » abjudicado» el régimen comunista de turno. En este caso el del genocida y bastardo Nicolas Ceaucescu, que dejaba pequeño en cuanto a crueldad, y sólo los que allí estuvimos y lo vimos lo sabemos, a su paisano medieval Vlad Tepes ( Drácula)

Desayuné, aunque no lo soporto desde que colgué cierto uniforme, pero sabía de lo poco y mal que allí se comía, y, eso con suerte si llevabas dólares del » asqueroso e imperialista enemigo yanqui», o marcos alemanes de los » fascitas» alemanes. Los leis ( plural del leu, moneda nacional alemana , no valían una mierda, que era el doble que valía la peseta que no la quería ni Dios)

La varonil Petrusca, con su vestido casi militar y su pelo al estilo recluta y sin pendientes me hizo subir en un destartalado Dacia y, junto al conductor, un campechano y borrachín valaco, y los dos profundos olores que dejaba a su paso Petrusca, uno a sudor rancio y el otro, mucho peor, pues es el que describía » le petít cabrón» Napoleón Bonaparte al hacer referencia a que su señora e imperial esposa no se lavaba íntimamente durante días. nos dirigimos a una » visita obligatoria».

Dicha visita, la misma , aunque en distintos lugares, que haría por pelotas cada mañana, fue a un monumento militar a los soldados rumanos caídos durante la Primera Guerra Mundial y, seguidamente a otro similar, pero más ostentoso, dedicado a los » patriotas rumanos» muertos contra el fascismo y en nazismo durante la II Guerra Mundial.

Ese día me cuadré ( sí, soy un militarista reconocido y declarado) ante ambos monumentos y guardé unos minutos de silencio. Cosa que la «olorosa» Petrusca no supo o quiso hacer, pues intentaba contarme la «historia» a  su manera , que era, lógicamente, la del régimen dictatorial.

Fueron semanas de visitar monumentos a los rumanos caídos. En un principio siempre guardé silencio respetuosos, hasta que un día, mientras me daba su soflama comunista y aprovechaba para pedirme algunos » asquerosos dólares imperialistas» que me cambiaría por los patriotas y muy socialistas leis ( plural de leu) y unos » banis»( la calderilla rumana), me cisqué en todo lo habido y por haber, y, tras chillarnos mutuamente, le dije « lávate, que pareces un mercado de bacalao seco«.

Todavía quedaba días por aquelllas tierras y, el cabreo me pasó factura

Cuando ya terminaba mi viaje me «esperaba» la » seguritate» ( policía rumana) en el aeropuesto de Bucarest y, tras ROMPERME parte del equipaje, me las vi y deseé para poder coger el avión y regresar a España.

Fue la única vez en mis viajes, y he viajado mucho, en que no guardé silencio ante un cementerio o monumento funerario militar.

Tanto me da de qué país sean los soldados allí enterrados. Para mi son HOMBRES que, no por su gusto en la mayoría de los casos, eso lo tengo por seguro, cayeron. la mayoría jóvenes, defendiendo, por gusto o por fuerza, su país.

Fueran rojos , blancos, azules, negros o amarillos, cualquier cemeneterio militar, y los he encontrado incluso en algunos lugares perdidos de selvas lejanas, son enclaves que, al menos para mi, merecen todos los respetos.

Ese día, la fresca mañana en que me cisqué en Petrusca, su olor a bacalao rancio y en Ceaucescu ( así me fue en Bucarest al regreso) fue la única vez en mi vida en que no guardé respeto en un monumento o camposanto castrense; tanto me da quién esté enterrado allí ( salvo SS o comisarios políticos de la Unión Soviética, a esos, ni muertos les guardo resperto,  ni a unos ni a otros)

Hay lugares sagrados, y yo de eso he escrito y publicado mucho. Y, para mí, y mi mentalidad, quizá decimonónica, un cementerio militar, sea de quiénes sea, es eso, un lugar de respeto.

 

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Cuando perder una amistad era para mí todo un trauma. Cómo cambia todo

El primer amigo que perdí, en este caso una amiga, pues era hembra, fue mi fiel perra «Linda». Tenía yo cuatro años y me dijeron que se había ido al Cielo.

No solté un reniego, pues no empecé a decir tacos hasta bien entrado el bachiller elemental y, a  ciscarme en Dios hasta bastante más tarde. Tampoco soy mucho de tacos, conste.

La primera perdida entre los de dos patas (que son mucho menos de fiar) fue a los 14 años.

Estábamos acabando el último curso del bachiller elemental y empezando la reválida para seguir con el superior, pero currando, que no éramos ricos en mi casa. Lo habíamos perdido todo gracias a un bisabuelo golfo, jugador y mujeriego que nos «degradó» de  » puta burguesía catalana» a familia trabajadora. La palabra «obrera» no me gusta por razones políticas..

De pequeños, desde la cuna, íbamos siempre juntos cuatro criajos. Juanito, Jaime ( ahora Jaume, y neoseparatista según veo en Facebook, aunque siempre fue muy profalangista, y cobarde y cleptómano, con su apellido igual al del M.H.P padre del » 3 por ciento» y el » ara no toca«), Carlos ( una especie de » hermano» que tuve, pues se crió y sobrevivió en mi casa) y yo.

El primero, en una excursión a Aiguafreda ( Barcelona) de los Scout ( Exploradores de Barcelona, poco más tarde fagocitados por los Scouts de España) se negó a presentarse con el uniforme y, en cambio, lo hizo con una camiseta negra y roja con la imagen del, para mí asesino, » Che» Guevara. Se armó la de Troya y, nunca más supimos de él.

Incluso dejó el Poble Sec y marchó creo que, a la Torrassa ( Hospitalet de Llobregat o algo parecido).

Lo último que supe de él es que era un peso pesado del Banco Bilbao-Vizcaya. Supongo que el barbudo revolucionario y fumador de puros, y de gatillo rápido que tanto parecía gustarle de chaval,  le había quedado ya muy lejos. Vivíamos en el mismo edificio del Poble Sec, puerta con puerta.

Recuerdo que la pérdida de aquel » amigo» me supo muy mal. A los otros dos, Jaime ( ahora Jaume) algo le afectó, y a mi » hermano postizo», un verdadero psicópata sin sentimiento, supongo que se la sudó. Jamás, desde la cuna compartida, le vi una emoción. Más tarde supe que se hizo » camello» a lo grande ( La India-España y viceversa) y, si le quedaba algo de sentimientos,que lo dudo, sin duda la droga y el vicio se encargó de hacer limpieza.

Desde aquella vez, y durante décadas, la pérdida de un amigo o amistad me dolía en mayor o menor medida. Pero me dolía.

La última vez que perdí a un amigo, íntimo ( el más íntimo que he tenido), igualmente de los tiempos de los Scouts, y de nombre también Jaume ( expadrino de mi hija) y sin existir motivo alguno ( era y es un neurótico) me dolió y afectó bastante, quizá demasiado , pero, puse en recarga mis baterías pesadas y me prometí nunca más lamentar la pérdida de un amigo.

De eso hace casi 20 años, quizá algo menos.

Lo veo bastante por la calle, pues somos casi vecinos. Puedo comprobar que, aunque estaba cachas, cada vez está más escuálido y pálido, quizá una enfermedad muy grave. Ni me inmuto. para mí está muerto.

Desde entonces y durante años me vino preocupando hasta qué punto había cargado, quizá en exceso, mis baterías de la » indiferencia» a la hora de olvidar a un amigo, ya no digamos una amistad perdida.

Hace unos doce años que corro por las redes sociales. Allí, principalmente en Facebook, se hacen » amistades» virtuales que, muchas veces ( no siempre), vienen y  van, cómo las subidas de  testosteronas cuando las putas y los puteros suben y bajan las escaleras del burdel camino de la habitación, tras pagar a la palanganera por la toalla y el jabón.

Ya he llegado a esa edad simbólica en que se te considera » pureta». Ya he cumplido 65 » mayos» que no abriles.

Ya tanto me da, para lo que me queda en el convento, tener más o menos amistades de dos patas. Otra cosa son las de cuatro y peludos, que esas sí SON SAGRADOS y leales y me importan mucho.

Si tuviera que contar los amigos que realmente tengo, sin duda con una mano tendría dedos suficientes. Amistades me quedan unas cuantas, y, conocidos más de los que necesito.

Ya escribí otra entrada en mi blog sobre los diferentes «empleos» o «grados» ( perdón por  mi argot militarista, pero así nací y así pienso morir) que considero en el cuadro sinóptico de las amistades y amigos.

Poco antes del confinamiento, mi esposa y yo nos cruzamos con mi exíntimo amigo, el cachas que se está quedando en los huesos. Tan siquiera sé si está vivo en estos momentos. Mi mujer, que me conoce bastante ( nadie que esté vivo me conoce realmente al mil por mil) y sabía desde siempre de nuestra íntima amistad ( sin cosas » raras», pues ambos somos hetero, conste) desde chaval, se me quedó mirando y, me preguntó mirándome muy fija a los ojos ( traduzco al castellano)»: Miguel, si el Jaume se estuviera muriendo y pidiera despedirse de tí ¿ irías? «.

Le respondí, con toda sinceridad ( mi peor defecto) que no, ya que , para mí está muerto hace años. Él mismo se mató. Yo jamás «liquido» una amistad, mucho menos un amigo. sin motivo.

Poco después subí al Spa del Vampiro Cabreado, elitista club social-gastronómico-literario-mistérico-cultural, y, sentado ante una birra y mirando las ya rojizas nubes que se perseguían entre elllas me hice un test para ver si me estaba convirtiendo en un psicópata, cómo lo fue mi ex » hermano postizo» Carlos.

Tras autotestarme llegué a la conclusión que no.

Me la jugaría por mis escasísimos amigos, también por algunas de mis amistades y, siempre, eso siempre, por los » peludos» y por mi país. Incluso, recordando algunos tiempos pasados, la emoción me embarga y, hasta alguna vez se me mete una moto de polvo en los ojos y lagrimeo.

No, no soy ( al menos todavía) un psicópata. Otra cosa es un asocial, que eso sí lo soy.

De hecho lo hablamos en ocasiones con uno de mis pocos amigos, profesor de la Universitat de Barcelona y de la U.P. de Catalunya, con el que compartimos, además de cenas, afición por el » survival«, las armas, el mundo militar ( fue suboficial) y, ciertas fobia a los del » lazo amarillo», nuestros » secretos». Él dice, de hecho presume, ser un asocial, no me lo creo ( por suerte para él). Yo, por DESGRACIA, sí que lo soy. Y cada día más.

Serán los años, serás las experiencias vividas ( y sufridas), será el puto corona virus, será…lo que será, como la canción de la rubia actriz y excamarera de barra puteril Doris Day.

Pero me guste o no, si antaño perder una amistad, ya no digamos un amigo, me dolía en el alma, pues todavía no era ateo y consideraba que tenía alma, ahora, a mis 65 tacos, me la trae tan floja que, si pudiera hacer la competencia a Robinson Crusoe en una isla solitaria, sin duda le ganaba a solitario; siempre y cuando me dejaran un cuchillo (siempre espiga enteriza–full tag– y sin sierra), un » firesstel» y 20 mertos de paracord y unos anzuelos.

Seguimos en mi ciudad, Barcelona, a la que  amo y  mucho pese a su aberrante( políticamente hablando) alcaldesa, en Fase 1, a la espera de recobar, eso que sí  lo necesito por encima de casi todo, la LIBERTAD. Para poder irme a la Naturaleza para gozar del mar o la montaña; mis verdaderos paraisos a día de hoy ( tras mis grandes amigos los «peludos»)

 

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