Un líder templario que fue un verdadero cabrón.

Cuando hace años apareció cierto libro mío sobre las maldades de los caballeros templarios hubo revuelo e, incluso unos » neotemplarios» ¿? que vivían en España pero no eran de » acá» me quisieron poner una querella..que se comieron con patatas ( ¿ buscaban sacar » plata»  de ese » gallego» deslenguado?)

 

Aquí un capítulo de ese libro que, se reeditó en dos editoriales distintas, con miles de ventas, pero que sentó muy mal a los que piensan que, los templarios sólo fueron buenos, santos y caritativos

 

De todo hubo, cómo en la viña del Señor

 

Gerardo de Ridefort, el Temple en manos de un desaprensivo, o el principio del fin.
Jamás comprenderemos por qué hombres como los templarios, pudieron escoger de líder a un sujeto como Ridefort. Sin duda, fue su gran mancha negra.
Marcel de Albert

Si las relaciones entre el rey Amalarico y los templarios no fueron precisamente buenas durante el maestrazgo de Eudes de Saint Amand para los cristianos en general, y para los templarios en particular, le sucede un hombre justo, mesurado y honesto, procedente de Occidente y con una buena experiencia, que sabe que uno de sus deberes es guardar y luchar por la cristiandad por encima de todo. Se trata del catalán Arnau (Arnaldo) de Torroja, el cual muere en las cercanías de Verona (30 de septiembre) mientras viaja para una embajada a diferentes cortes europeas, principalmente a Francia, para pedir refuerzos con los que ayudar a Tierra Santa..
Le sucede uno de los peores, sino el peor, maestres que tuvo el Temple (1185-1189) desde su fundación hasta su desaparición: Gerard de Ridefort, al que algunos historiadores denominan el “genio malo del Temple” o “el soberbio”.
Nacido en Flandes, posiblemente en 1141 ( otros opinan que dos años antes), ha llegado a Tierra Santa durante el reinado de Amalarico. Fanfarrón y alborotador, pendenciero y desafiante, es el prototipo de aventurero sin escrúpulos, como tantos que llegan a Tierra Santa en busca de fortuna y gloria. Por sus devaneos, se le conoce también como “el caballero errante”. Entra a las órdenes de Raymundo de Trípoli como mercenario, es decir, a “soldada” o sueldo. Como está decidido a ascender cueste lo que cueste, le pide a su señor la mano de alguna rica y joven heredera, lo que en un principio Raymundo le promete, con gran alegría del materialista e interesado caballero. Parece que la elegida va a ser la joven y agraciada Lucía, heredera del poderoso y rico feudo de Botrón. Pero aparece repentinamente un rico comerciante pisano de nombre Plivano, el cual asegura a Raymundo que si le concede la mano de la rica heredera, le entregará en oro la misma cantidad que pese la joven dama. Guillermo de Tiro, con su sarcasmo habitual, dice sobre el tema: Pusieron a la damisela en una balanza, y el oro en otra. Raymundo, falto de dinero en aquellos momentos, se rinde a las promesas materiales del italiano y faltando a su palabra, cede la dama al italiano.
Aquella afrenta llena de odio mortal al futuro maestre del Temple, quien abandona enfurecido Trípoli, y aparece algunos años más tarde en Jerusalén, donde ha conseguido llegar al puesto de mariscal. Una rápida ( y no muy esclarecida) enfermedad, hace que tenga que ser ingresado en un hospital de los templarios donde, una vez curado, decide ingresar como caballero, para lo que pronuncia los tres votos necesarios. Su ascensión, con toda seguridad debido a su inteligencia y su falta de escrúpulos, hace que poco después, concretamente en 1183, sea nombrado senescal del Temple. Al morir el Gran Maestre catalán, y tras una votación secreta, es ascendido al máximo grado dentro de la orden, pese a que muchos templarios le tachan de arribista y de un orgullo y soberbia desmedida. Marlon Menville nos habla de serias reticencias entre templarios, unos a favor del flamenco y otros en contra. Ganan como vemos, y para infortunio de la orden, sus partidarios
Desde el mismo momento que es ascendido, empiezan sus intrigas políticas, en las que logra que se enfrenten cristianos contra cristianos. Apoya al inepto y manipulable Guido de Lusiñán, e intenta hacer todo el daño posible al conde de Trípoli, al que como hemos dicho, odia mortalmente.
Consigue la enemistad entre ambos dirigentes cristianos y al saber que ha obstaculizado los planes del conde de Trípoli, Ridefort se vanagloria de su venganza. Tampoco sus relaciones con el Gran Maestre del Hospital, Roger des Moulins, son buenas, lo que queda demostrado durante la coronación como reina de Jerusalén de Sibyla, en la que el hospitalario se niega a dar las llaves que guardan las dos coronas reales en la cámara real (existían tres cerraduras y tres llaves, una que estaba en poder del patriarca de Jerusalén, y las otras dos las guardaban los grandes maestres de las órdenes militares). Tanto Ridefort como el “bandolero” Reinaldo de Chatillón, del que hablaremos pronto, apremian y casi fuerzan al líder hospitalario a entregar su llave, lo que al final consiguen, ya que Roger de Moulins, que se ha refugiado en la casa fuerte del Hospital, para evitar males mayores, o sencillamente hastiado de la situación, les tira la llave al patio y se desentiende del tema.
Seguidamente Sibyla es coronada y ésta, a su vez, corona como rey a Guido de Lusiñán, un pelele en manos del Gran Maestre del Temple.
En su malicia, el dirigente templario aconseja al ya rey de Jerusalén, que ataque al conde de Trípoli, pero afortunadamente para los cristianos la presión de los barones obliga al monarca a negociar con Raymundo, ya que se puede adivinar que el poderoso y sagaz caudillo de origen kurdo, Saladino, está preparando una gran ofensiva y es necesaria la unión de todos los cristianos.
Los dos maestres de las órdenes cristianas, templarios y hospitalarios, se dirigen junto a algunos nobles por orden del rey de Jerusalén en embajada a entrevistarse con el conde de Trípoli. Por el camino, se encuentran con un nutrido destacamento musulmán que tiene un salvoconducto de Raymundo para atravesar el territorio. El iracundo y temerario Ridefort ve en aquella circunstancia un motivo y una excusa para reafirmar su odio contra en conde, al que acusa de traición, y reacciona de manera absurda. Se dirige al cercano castillo templario de la Féve, de donde hace salir a noventa caballeros del Temple destacados en él, y que junto a los diez caballeros del Hospital que les acompañan, más la escolta real de cuarenta caballeros de Nazaret decide atacar al enemigo, muy superior en número. Apenas un centenar y medio de cristianos intentan vencer a casi siete mil musulmanes. Es el primero de mayo de 1187, y el lugar será conocido como la Fuente del Berro. Los cristianos son casi totalmente aniquilados y sólo logran escapar con vida ( sin que sepamos realmente cómo) Ridefort y un par de templarios más. El Maestre del Hospital, y como ya es costumbre con los monjes-soldados apresados en el campo de batalla, es pasado por las armas allí mismo.
Los dirigentes de Jerusalén y Trípoli se concilian (en apariencia al menos) y por consejo de Riudefort, que vuelve a instigar, todas las tropas cristianas disponibles se concentran para una gran batalla contra Saladino, con lo que quedan prácticamente abandonados y desguarnecidos, castillos, ciudades y fortalezas.
En una de sus ruines acciones, el dirigente templario abre los cofres que contienen grandes cantidades de dinero pertenecientes al rey de Inglaterra, Enrique II, y que está bajo la custodia del Temple y lo ofrece para pagar a los soldados a sueldo. Parece ser que pudo dar su soldada a unos cinco mil peones como máximo.
La mañana del día 3 de julio, con un calor infernal, el ejército recibe inesperadamente las órdenes de ponerse en marcha. Se dice que de forma premonitoria, aquella noche los caballos de los cruzados se habían negado a beber agua e incluso Melville nos cuenta que se corrió la voz que por los alrededores del campamento, andaba una vieja bruja, maldiciendo a los cristianos. El sol, la sed, la pesadez de las armaduras, las constantes lluvias de flechas que reciben por parte de la caballería ligera sarracena, muy móvil y armada de pequeños, certeros y prácticos arcos van haciendo cada vez más víctimas entre los soldados y los caballos. En algunos casos, los sarracenos atacan de forma organizada a las monturas de los caballeros, matando o hiriendo a los pobres animales a hachazos, dejando a sus propietarios en tierra, casi indefensos debido al peso de sus armaduras o cotas de mallas.
Finalmente, en un páramo inhóspito y tórrido, lleno de hierba seca y matojos, los musulmanes aprovechando un viento favorable, prenden fuego, y las llamas llegan a los cristianos. La desbandada es general, principalmente entre los peones, que por miles, lanzan sus armas al suelo y se rinden al enemigo. Tan siquiera los “turcomans”, nombre que recibían los jefes de la caballería indígena que servían al Temple por dinero, generalmente muy bien preparados y de demostrada disciplina, pueden poner órdenes entre sus filas. Algunos centenares de caballeros y unos pocos peones, se refugian en la cercana montaña conocida como “Los Cuernos de Hattin”, un antiquísimo y apagado volcán, coronado por dos grandes rocas o crestas que le dan nombre, donde deciden montar una última defensa alrededor de la tienda real y de la llamada “Verdadera Cruz” que caerá durante esa batalla en manos de los seguidores de Alá. El ataque feroz y constante del enemigo, la sed y el terrible calor, que calienta las armaduras y las cotas de malla, metálicas en general, aumentan los problemas de los pocos hombres que resisten. Muy pocos cristianos logran escapar a la masacre, entre ellos Raymundo de Trípoli, que encabeza una carga de la caballería pesada y logra franquear las filas musulmanas gracias a sus lanzas y certeros golpes de espada ( algunos autores, como por ejemplo Amín Maalouf, aseguran que los comandantes sarracenos al reconocerlo, quizá por órdenes de Saladino, hicieron una brecha en sus filas, y fue por allí por donde pudieron escapar). Finalmente, como mínimo quince mil cristianos (Lehmman, muy bien informado en general, habla de casi 30.000) han quedado en manos de Saladino, sin contar a los muertos. Son tantos los prisioneros, que según los cronistas que asistieron al desastre no quedaron cuerdas para atarlos a todos y con una sola se debía atar a veinte o treinta cristianos a la vez, que eran conducidos presos por un solo musulmán. El carismático líder kurdo coge a los peones de armas y los vende como esclavos. Son tantos, que los cronistas de la época aseguran que aquella venta masiva realizada en los mercados de Damasco hizo que bajara de golpe el precio de los esclavos en todo el territorio musulmán y que incluso se pudiera comprar un esclavo a cambio de unas sencillas zapatillas o por ejemplo, conocemos un caso en que toda una familia de cristianos, formada por un padre y sus cinco hijos ( posiblemente dos de sus miembros mujeres), costó la ridícula cifra de ocho dinares. El anteriormente citado Rinaldo de Chatillón, era un individuo de parecida calaña que Ridefort, que incluso había llegado a príncipe de Antioquía debido a un interesado matrimonio, y que durante los treinta años que estuvo en Tierra Santa ( al parecer quince de los cuales se los pasó en distintas cárceles, principalmente en Alepo) había roto en varias ocasiones las treguas pactadas con los musulmanes, y en 1182, atacado y hundido tres embarcaciones llenas de peregrinos que se dirigían a la Meca, y lo que era aún peor, desde su fortaleza de Craqué atacado a diversas caravanas, con la intención de saquearlas, y asesinando a sus integrantes, razón por la cual, era conocido entre los musulmanes como “el bandido”, el cual fue asesinado, con toda seguridad, por la propia espada de Saladino, pues los cronistas sarracenos aseguran que tras negarse a darle agua (señal de hospitalidad entre los musulmanes), Saladino sacó su alfanje (espada curva oriental) y de un certero golpe en el cuello, cortó la cabeza de aquel malandrín. Entre los prisioneros, hay 230 monjes-guerreros entre templarios y hospitalarios, los cuales son primero torturados por lo ulemas musulmanes y seguidamente asesinados por los verdugo, pues Saladino odia a las dos órdenes, más aún a los templarios, a los que considera “órdenes inmundas, cuyas prácticas carecen de utilidad…” y de los que dice “no sirven ni tan siquiera como esclavos…” (1). Antes de continuar, y como honor a los caballeros, tanto templarios como hospitalarios, debemos comentar que Saladino les dio uno a uno la posibilidad de salvar sus vidas, si “levantaban el dedo y proclamaban la Ley”, es decir, si se hacían musulmanes y ni tan siquiera uno de ellos renegó de su religión y prefirieron morir leal y valientemente. Perdona la vida al rey de Jerusalén, al que personalmente da de beber agua de rosa con hielo que hace traer de una lejana montaña (sic), y le asegura “un rey, nunca mata a otro rey”, a algunos barones de Tierra Santa, y lo que es más curioso, al malvado Ridefort . Jamás se sabrá, según algunos historiadores, el por qué de este perdón hacia el gran culpable e instigador de la guerra, y menos conociendo el odio personal de Saladino hacia los miembros de las órdenes militares, principalmente los templarios, pero para otros, más objetivos, y ante los posteriores acontecimientos, la razón fue muy simple. Conociendo los escasos escrúpulos y el ruin egoísmo del maestre templario, sencillamente lo utilizó de moneda de cambio, y así, según Marlon Menville, viendo los musulmanes que los caballeros resistían durante meses y de forma valiente a los sitiadores sarracenos en la estratégica ciudad de Gaza, decidió concederle la libertad a Ridefort si éste ordenaba a los bravos sitiados rendir la plaza, tal como disciplinadamente hicieron. Es verdad que pocas probabilidades tenían los templarios de Gaza y que muy posiblemente hubieran acabado sucumbiendo como lo hicieron sus hermanos de Safed, pero en cambio los también templarios de Tortosa supieron repeler todos los ataques sarracenos.
Aquella rendición fue un motivo más que acrecentaba la mala reputación de los templarios. Poco a poco se iba escribiendo, con razón o sin ella, su crónica negra.
Tras esta batalla, conocida como “Desastre de Hattín”, los musulmanes se adueñan de casi todas las tierras cristianas, y se puede dar casi por perdida la influencia real de los cristianos en Tierra Santa.
Solo como anécdota de la mortandad de aquella batalla, señalaremos que justo un año más tarde, hubo otra contienda, en este caso de menor importancia, en el mismo lugar, y el campo todavía estaba plagado de cadáveres y despojos, tanto de hombres, como de caballos y animales de carga.
Ridefort continúa a la cabeza de la orden, y así lo encontramos en el año 1189 combatiendo en el sitio de Acre. Durante aquel épico encuentro entre cristianos y mahometanos, encuentra supuestamente el día 4 de octubre la muerte a los pies del monte Torón. Si la caridad , la modestia, la humildad o la lealtad no son virtudes de las que pueda enorgullecerse este personaje, también es verdad que demostró en muchos casos un valor rozando la más absoluta temeridad, o al menos así lo creyeron y divulgaron trovadores y cronistas cristianos, como Ambrosio el Trovador. Aun así, incluso a la hora de su muerte surgen partes oscuras, ya que los cronistas musulmanes que asistieron a los acontecimientos, tan objetivos, o subjetivos, dependiendo de cada cual, como sus colegas cristianos, dieron una versión muy distinta sobre su muerte, que recoge en su interesante libro Nosotros los templarios el historiador Marlon Menville. Parece ser que en medio de la batalla, Ridefort fue hecho prisionero y llevado ante Saladino, quien lo mandó inmediatamente matar por perjuro, pues había jurado no levantar nunca más sus armas contra las tropas del caudillo sarraceno. También sobre este nefasto maestre del temple, se ha levantado siempre la sospecha de que durante su primer apresamiento, había “levantado el dedo, y proclamado la Ley”, o sea, había reconocido la religión musulmana. Jamás se podrá confirmar este suceso aunque, de alguien como Ridefort, se podía esperar cualquier cosa.
Ante este relato podemos preguntarnos: ¿por qué, gente como los templarios escogieron a un individuo de la calaña de Ridefort para dirigirlos?. Quizá la respuesta a esta pregunta esté en la opinión de dos historiadores, G. Duby y Desmond Sewaed quienes nos dicen que “posiblemente Ridefort representa ese cristianismo agresivo, exacerbado, casi fanático, que debía estar más extendido dentro de la orden del Temple, de lo que se cree”.
Este individuo fue no solamente letal para los templarios, sino para la cristiandad representada en Tierra Santa y ponía un importante grano de arena en la mala fama que acompañaría desde entonces a los templarios, aumentada, todo ha de decirse, por las crónicas de uno de los más significativos y subjetivos enemigos que tuvo la orden: Guillermo de Tiro (2).
Terminaremos este capítulo dedicado al “genio malo” del Temple, con las palabras de Marlon Melville sobre él: La orden podía recomponer sus fuerzas materiales, pero el orgullo y la locura de Gerard de Ridefort acabaron por asentarle un golpe casi mortal al honor del Temple. A partir de entonces, los mantos blancos dejarían de ser inmaculados y los caballeros se verán sometidos a los reproches y las sospechas de unos cronistas que ya no dejarán de hablar de ello (3)

(1) Contra lo que pueda creerse, Saladino era un hombre sabio y caballeroso, que se portó en muchas ocasiones con gran generosidad entre los cristianos, a los que incluso en tiempos de hambruna, envió trigo, y en algún caso, en que la sed acuciaba a los cristianos de algunas ciudades con las que estaba en guerra, no dudó en hacer una tregua. Es famoso el caso que nos narra como Saladino ordenó a sus hombres buscar a la hija adolescente de una prisionera cristiana que se había perdido entre un grupo de esclavos, para devolvérsela a su madre.
(2) Algunos grupos radicalmente pro-templarios, han querido ver en la mala fama, a bien seguro totalmente merecida de Ridefort, la mano de Guillermo de Tiro, que si bien, es verdad que fue un enemigo implacable de los templarios, y de cuyas crónicas, ha de descartarse mucha injuria y difamación, es totalmente real, que este Gran Maestre del Temple, perjudicó de manera terrible a la orden, y que es uno de los personajes más perversos y siniestros de aquella época.

 

Para más información

www.miguelaracil.com

www.editorialbastet.com

 

Crónica incívica de un toque de queda 20 horas después

Un toque de queda en España no deja de ser todo un acontecimientos » exótico» aunque, por desgracia, en esta ocasión cierto

 

Esta madrugada, a las 0,50 horas, he decidido salir al balcón y ver qué sucedía en la calle. No vivo precisamente en un callejón pequeño y, lo que allí viera sería bastante representativo a nivel  general.

Al asomarme he podido ver que, ningún coche circulaba por la transitada vía urbana, que no es calle, sino ronda.

Hubiera sido estupendo ver tal grado de civismo si no hubiera sido por  la cantidad de gente ¿ gentuza incívica? en bicicleta, patinete, y, no es broma,  hasta algún bociferante skíter montado en su monopatín para pasear su mononeurona.

Todo ello en la calzada y acompañado por media docena de ¿sin techo? que, latas en mano y gritando palabras en algún idioma sin duda eslavo, derimían sus diferencias hasta que uno de ellos, botella de crital en mano casi descalabra a otro. Lógicamente sin mascarilla. Nadie les ha dicho NADA.

Tras cerrar los ventanales, portón, cristales y tirar las cortinas he cogido un libro de mi admirado Premio Planeta Santiago Posteguillo y su » Donna Julia» y me he metido a la piltra, a la espera de ver cómo iba el tema por la mañana.

Hoy era día de mucho trabajo y tenía una reunión en la parte alta de la calle Balmes.

Tras ducharme como cada día ( l@s guarr@s ya sé que no lo hacen) he decidido desplazarme a la reunión a pié. Hasta hace poco era persona de caminar 15-20 km diarios,lo  que me permite bajar colesterol y comer cómo Pantagruel todo a la vez a la vez.

Al llegar a la zona Plaça Universitat he visto bastante movimiento en dos zonas distintas y pancartas colgadas o medio colgadas.

Una zona estaba siendo » adornada» con pancartas por un grupo de personas de ambos sexos y de la tercera edad y reclamaban pensiones dignas ( me parece lógico) y otras reivindicaciones. No muy lejos un grupo de niñatas y algunos niñatos hacían algo parecido, aunque más vociferantes con pancartas sobre la igualdad de sueldo para el sexo femenimo ( me parece perfecto) y alguna contra el » patriarcado fascista y machista» ¿? o algo parecido.

Aunque me tengo por persona de letras, no de ciencias, todavía puedo contar sin necesidad de llevar calculadora.

Ambos grupos, los » yayoflautas» o lo que fueran ( por mi edad casi estaría en su margen cronológico) y l@s gilipollas adolescentes ( sin duda adolecen de civismo y de algo más) sumaban cada grupo bastantes más de los que se permite en reuniones a día de hoy, pero bastante más. Y se notaba que estaban empezando la concentración y llegarían más.

He seguido pues tenía hora y soy patológicamente puntual.

Terminada la reunión (editorial-viajera) bajando por la calle Villarroel he visto a un grupo » generoso» de personas en la plazuela que forman el » Mercat del Ninot» ( un mercado municipal muy añejo y ahora reconstruído)  y las paradas externas, hoy cerradas.

De distintas edades, pero casi todos seniors, y en castellano o catalán hablaban y discutían como si estuvieran en una terraza, con las latas  de refresco o birras en la mano. Sin duda una buena manera  de solventar que, todos los bares y terrazas de la zona estén cerrados en Cataluña.

Allí mismo, a pocos metros y debajo del mercado tienen un inmenso Mercadona, donde se puede adquirir lo que quieras para montarte tú mismo, a las 11,30 de la mañana, tu » autoterraza» para discutir de fútbol, política o del canalillo de Tetuán de la » cachonda» de turno en la Telebasura que, sin duda les debe de encantar.

Varios ni llevaban la mascarilla puesta.

Bajando la calle rumbo al despacho y a la altura de la calle Consejo de Ciento he escuchado un ruido más que poderoso y que parecía venir de lejos. A los pocos minutos y tal como el ruido se hacía más intenso he podido observar cómo, en la Gran Vía, cientos de taxis cortaban la circulación desde Plaça Espanya a los demás conductores y, con sus atronadoras bocinas montaban Troya en pleno centro de BCN. No diré que no tengan razón, al igual que los jubilados ( otra cosa son los gilipollas ultrafeministas y pijoprogres casi imberbes, o los cotilleros de bar que se han buscado la vida)

Pero, siempre hay un pero, yo me pregunto, con la que está cayendo, con la que nos va a caer y con la tragedia que estamos viviendo y nos queda por vivir , tan difícil es respetar las más sencilllas normas de civismo para que, entre todos podamos salir de esta tragedia (llegada de China, yo no lo olvido) que está hundiendo más esta España mía que tanto quiero, pero que, tantas veces demuestra ser una verdadera casa de putas. Bueno, en este caso 17 casas de putas y con dos minicasas ya que, nuestro espíritu incívico ( al menos el de muchos, no es mi caso) y el espíritu » taifiano» que vivimos, me llega a pensar que, a la Piel de Toro no la salva ni el » Tato», a menos que, alguien saque el bastón a pasear contra los incívicos. Que son muchos, tanto nacionales cómo » exógenos»