El beso de la no-muerta
Cansado, enojado y decepcionado con todo y casi todos es cómo se encontraba ese día Enrique.
La jornada anterior había viajado a Madrid, para intentar sin éxito, cobrar una deuda ya prehistórica que le debían en Daltons Editores correspondiente a un laborioso y extenso trabajo de hacía más de tres años sobre los misterios cátaros. No sólo no había podido cobrar un mísero euro, sino que, no había tenido la oportunidad de decirle cuatro frescas, o posiblemente hacer algo peor, a la cara a Gerardo Artigas, el impresentable responsable de la filibustera editorial, que tenía como norma de la casa engañar a sus autores con mil truculentas falacias. Continue reading