Objetos malditos: ¿ Verdad o mito?

.
Sucedió una muy fría tarde de mediados de diciembre del año 1989.
Salía de mi despacho, situado en el edicifio Daimon sito en la calle Diputació esquina Casanovas. Actualmente sigue allí, lógicamente, aunque bastantes deteriorado y sin el inmenso cartel que daba nombre a este céntrico edificio de varios pisos.
En aquel moderno, por entonces, edificio de oficinas tenía su sede un hólding formado por diversas empresas de distintos sectores. Desde la cadena más importante de autoescuelas de España ( sólo en BCN ciudad tenía treinta), la más extensa red de franquicias de tiendas de «¿esoterismo? ( magia santera y demás..) de toda Europa ( España, Francia, Portugal) llamada » Sábat» , una empresa de seguros, varias cadenas de apartamentos en la Costa Dorada, una productora de TV, centros de enseñanza y otras empresas, entre ellas el Grupo Editorial Protusa, con sus dos ramas. La periodística, que yo dirigía ( tuvo tres cabeceras en España y una en Venezuela, que yo no quise ni ver…y que costó ocho millones de pesetas en perdidas gracias al socio estafador venezolano que tenía esa gente), y la literaria, de la que fui asesor hasta que se convirtió en una editorial de autoedición, Algo que, con todo mi respeto y admiración a Alberto Cerezuela , Alfonso Trinidad y otros, no encajaba en mi ideal del mundo editorial. Aunque reconozco que nada qué ver hace años con la miseria editorial que existe ahora. Pero a los que vamos.
Me dirigía a mi casa, situada a seis minutos caminando cuando, al llegar a Gran Vía-Casanovas observé que, un grupo de entusiastas jubilados habían organizado en su sede ( todavía abierta a día de hoy) para la tercera edad una subasta navideña y solidaria.
Yo por aquel entonces, con 31 años, todavía creía en los Reyes Magos, la solidaridad entre iguales de mi especie y las amistades ideales…
Entré y compré un boleto de 200 pesetas ( los había de varios precios).
Eran tiempos de » vacas gordas» buenos sueldos, buenos derechos de autor y , supongo, que el Espíritu de la Navidad me podía. Tenía una magnífica familia, una hija pequeña, Elisabet Gómez y todo era de color de rosa.
Me tocó algo que no recuerdo pero que era una verdadera mierda pinchada en un palo. Creo que un Monopoly. Yo odio los juegos de ese tipo y sufro de ludofobia…
Pedí a la pizpireta señora que hacía de » baranda» entre los setentones si podía cambiar el «premio»
La señora María, se llamara cómo se llamara la «keywoman» me dijo que sí, y me dejó escoger entre varias tonterías que tenían en una habitación. Miré si había algo de estilo militar o algún cuchillo y nada. Pero pude observar, casi escondida en una caja, una máscara muy extraña de un diablo.
Los pocos que han estado en mi despacho privado o en mi casa saben que está llena de máscaras traídas de distintos países de tres contienentes. De hecho de cuatro si contamos el Este de Europa.
Pedí la máscara de buen tamaño, casi un metro.
La mujer me miró de forma extraña y me dijo que la cogiera yo mismo. Me indicó que la había ofrecido de regalo una vecina del barrio un poco » rara».
La cogí bajo el brazo y me dirigí a mi casa, apenas a dos minutos de dicho centro social.
Por aquel entonces la escalera no tenía vigilante o conserje uniformado, sino una especie de portera-recepcionista metida en su » garita» de nombre Dolores. Joven, atractiva, sosa, andaluza ( Jaén) y muy supersticiosa,
Me miró con cara de miedo, pero se limitó a saludarme.
La extraña máscara y yo nos metimos en el centenario ascensor y subimos a mi casa.
Nos abrió mi difunta madre, acostumbrada a mis curiosos » gustos» se quedó mirando la máscara diabólica y me dijo que » aquello» era muy feo y que no le gustaba.
Apareció mi hija corriendo y me llenó de besos ( la gente cambia con los años, claro) y me preguntó si le traía alguna carta de Miki Mouse ( un juego que hicimos durante nueve años).
Se quedó mirando la máscara y puso la cara muy rara. Y mira que en mi despacho tenía no te digo ahora) cosas muy » raras» y ella, que cuando FUNDAMOS el MÄGIC era un bebé estaba acostumbrado a ver cosas » raras».
Apareció entonces nuestra gatita siamesa , de nombre » Boleta» ( Bolita) y se marchó corriendo asustada.
Me fui a mi despacho y colgué la diabólica máscara. Al momento todo el piso ( son pisos enormes de más de 140 metros cuadrados) se quedó a oscuras.
Dimos otra vez la luz y, volvió a saltar y a quedarnos a oscuras. Mi madre me pidió que devolvierá » aquello» tan horrible, pues le daba » mala espina». A la única que creo qu ele gustó fue a mi mujer, Gemma Esteban.
La dejé en un pequeño patio interior que teníamos( ahora tenemos el Inmenso Spa del Vampiro Cabreado, cincuenta veces mayor). Aquella noche el piso se llenó de extraños ruidos.
Mi madre me pidió al día siguiente que me llevara » aquel dimoni malcarat» ( aquel demonio malcarado).
Como me daba lástima tirarlo pensé que, si realmente era algo «raro» se lo iba a regalar a mi ricachón editor, que siempre ha estado MUY relacionado con el satanismo y el sendero de la izquiierda ( esotérica, no política) Incluso en la actualidad tiene un templo satánico entre otros esotéricos, pues es el propietario del Museo Sinkres de las religiones.
 Además pensé divertido que, si la máscara le jodía un poco, pues mejor, que para eso era mi jefe.
Al llegar al gran edificio dónde se encontraba mi despacho y las otras empresas del hólding fui a ver a mi editor ( la sociedad eran dos socios, ambos millonarios)…
Entré y, delante de su macromastológica » socia» ¿? ( treinta años más joven que él) le entregué mi «regalo».
Debido a sus aficiones y creencias se puso más contento que un chimpancé en celo en un sex-shop.
Llamó a una de sus empleadas ( en aquel edificio había muchos empleados de dicho hólding, pero muchos) y le pidió colgara la máscara en la sala de juntas.
Así lo hizo su secretaria y, a los pocos minutos, yo ya estaba en la redacción de la srevistas, pudimos ver que, todo el edificio se quedaba a oscuras…
Pensé que sería una casualidad. Lo volvieron a colgar, en este caso a cargo de Jose, un matoncete de Bdalona que llevaba el mantenimiento y no sabía hacer la «O» con un canuto. Y, a los pocos minutos todo quedó a oscuras.
FDui al despacho de mi editor, pues ambos estábamos en la tercera planta y le conté lo sucedido…
Mientras él miraba la máscara y yo a su » socia»..De hecho no precisamente su cara..decidió lo siguiente:
«No sé, no sé, pero, para evitar cosas raras en el trabajo y POR SI ESTÄ MALDITO Y TRAE MALA SUERTE, se lo regalaré a mi socio» ( palabra que no bromeo) .
Su socio era un muy conocido abogado catalán y diputado por el Partido Popular ( en su momento Alianza Popular) de Catalunya.
Hizo que envolvieran la máscara y ordeno, pues era bastante tiráinco en ocasiones, que un chico de las autoescuelas lo recgiera en un coche y s elo llevara direcatemnte al bufette del socio, abogado y dipuatado ( ahora ex9 en la zona del Paseig de Gracia…
Sobre lo que hizo el socio d emi editor, y a quién lo regaló ..lo guardo para mí, pues sonaría a chsiet barato y yo, además, enaquellos tiempos daba de » comer a la sgaviotas»..
Cada uno que piense lo que quiera..
www.miguelaracil.com

El autor

Periodista y escritor, mis pasos me han llevado a moverme por el mundo del misterio y de todo lo que tiene dos explicaciones: la ortodoxa y la heterodoxa