—-CUANTO MÁS IGNORANTE MÁS FELIZ—–

—-CUANTO MÁS IGNORANTE MÁS FELIZ—–

A la primera persona que me dijo más o menos esa frase la conocí en un inolvidable mes de julio de 1970

Yo era un alegre y movido quinceañero que creía que podría comerse el mundo.

Había terminado el bachiller elemental, con su puñetera reválida con muy buenas notas ( la testosterona todavía no había hecho estragos en esos años) y en septiembre empezaba a trabajar de día y a estudiar por las noches ese bachiller superior que tan largo se me hizo. A la espera de poder cursar la carrera militar( Zaragoza-Toledo)…que no llegó a verse cumplida.

En aquel año de 1970 se me habían abierto muchos » misterios» de la vida.

Me había fumado el primer y penúltimo cigarrillo de mi vida, recuerdo que de la marca «Jean»; el segundo y último me lo fumé tres años más tarde en una » Golondrina» ( embarcaciones turísticas que llevaban a los turistas desde el puerto de Barcelona al Rompeolas) con tan mala fortuna que, una ráfaga de viento hizo saltar una brizna encendida del cigarrillo que quemó, al menos le hizo un » siete», a las medias de » cristal» de la que entonces era mi novia…y posiblemente ahora peregrine entre lágrimas de emoción a Waterloo a brindar honores y loores a algún cobarde.

También me había estrenado ese año en otros » misterios» más personales y «crónicos» ( y que duren..y nunca mejor dicho) que no voy a comentar.

Aquel mes de julio lo debía aprovechar, pues al siguiente y currando no sabía si podría disfrutar de unas.vacaciones estivales.

Desde hacía años pasaba ese mes en la tarraconense y mediterránea localidad de Torredembarra.

Ese año conocí a un » señor mayor» que tendría unos veintitantos años más que yo ( quién pudiera coger ahora esa edad).

No era un » señor cualquiera».

Se trataba de un alto ejecutivo que » tenía mucho mundo», cómo se decía entonces y más en ambientes poco cultivados, pues había estudiado economía, empresariales y otras «raras» carreras poco conocidas en la España tardo franquista, al menos en el mundillo en que yo me había criado, en Inglaterra y Suiza.

Por aquellos tiempos ya era un alto ejecutivo de una poderosa empresa que más tarde pasaría a llamarse «Gas Natural» y que por entonces se denominaba Catalana de Gas y Electricidad.

Pese a su alto «estatus» ( palabra dedicada a mi hija que le encanta) aquel señor era tremendamente campechano y, además, pues tuve la suerte de tratarlo algunos años, diría que tocábamos la misma cuerda. Aunque de chaval uno es gilipollas y YO MÁS, y no sabes de política; dejas la razón para quedar poseído por la pasión.

Una noche, mientras él tomaba algo que no recuerdo seguro, creo que un «Cinar» ( bebida alcohólica de alcachofa muy de moda entonces) y yo una pequeña birra, pues en mi casa siempre hemos permitido beber alcohol ( con moderación) a los menores de edad, me dijo, entre mis febriles fantasmadas sobre ligar con chavalas guiris ( me gustaban casi tanto cómo los gatos):
—«Mira, Miquel, piensa que la gente, cuánto menos sabe más feliz vive. Por lo tanto, la ignorancia en muchas ocasiones hace feliz a los tontos. Pero pese a todo, no quieras ser tonto» «.
Aquella frase me quedó grabada.

Con aquel señor, al que perdí de vista unos cuatro años más tarde, cuando él ya era una vaca sagrada del mundo empresarial, había hablado muchas veces y siempre lo escuchaba con la atención del discípulo que escucha a un maestro.

Por cierto, este señor es el mismo al que cito en varios libros míos al comentar una descoordinación temporal en La Mussara.

La primera vez que escuchaba hablar de ese pueblo «maldito», que años más tarde yo popularicé (para gozo de mucho » fusilero»). Siendo él un joven alférez de complemento (milicias universitarias) vivió en primera persona un «salto temporal» cuando se daba la gran fiesta somática en dicha «población fantasma» con una «ragazza» italiana y, aunque él creyó haber pasado unas horas de alegría para su » soma», al llegar a Castillejos (un campamento militar cercano) lo empuraron por haber llegado unos DÍAS más tarde. Lo sucedido jamás tuvo explicación para ese señor, que me lo explicaba mientras yo, con el respeto y sin tuteos que jamás tuve con él, por la edad, lo escuchaba embelesado.

Pero la frase se me quedó grabada

Lo he podido comprobar muchas veces durante los casi cincuenta años siguientes. Casi diez lustros de conocer a mucho ignorante feliz. Y a mucho inteligente triste o amargado…

Ayer tuve un ejemplo que lo demuestra.

De mi infancia y mi adolescencia hay cinco películas que fueron casi sagradas para mí: «El Álamo» ( película manipuladora y patriotera del gran J. Wayne que me sé de memoria); «Beau Gest», » Golpe de mano» ( una película pésima y española pero que para mí, por razones que no comentaré, fue muy importante). «Los últimos de Filipinas» ( la versión ñoña, franquista y patriotera, no la » progre» y para mí repugnante de hace unos años) (1) y «Tambores lejanos» del gran Gary Cooper.

Queda claro que las cinco eran bélicas. Yo no he cambiado para nada mis ideas. Soy » humano» de ideas fijas. Y me la trae floja caer bien o mal.

La última la vi decenas de veces y, siendo niño y sólo verla en mi ahora irreconocible «Poble Sec», montaba mi » batalla privada» entre » indios» ( todavía no sabía quiénes eran los seminolas) y » americanos» con uniforme azul de la caballería, con mis muchos soldaditos de plástico ( ahora sería pecado y está casi prohibido que los niños jueguen con este tipo de juguetes…Mejor aprender a quemar contáiners por la calle o iniciarse para tirarle piedras a la policía)

Aquella película era un obra de arte para mí pueril mentalidad de niño.

Ayer, por esas casualidades de la vida la volví a ver…

Quedé horrorizado al ver a los soldados de los EEU con uniformes que no fueron utilizados hasta casi cuarenta años más tarde, pues la película está situada en 1840 en Florida ( EEUU), con armas de fuego que tan siquiera se habían inventado y tardarían más de una veintena de años en empezar a usarse. Las divisas o galones de los suboficiales «americanos» cambiaban de color según la escena y, hasta un sargento primero era rebajado a simple sargento de pelotón de una escena a otra, y todo ello en pleno pantano de Florida.

Fueron tantos los errores que pude observar, dejando claro que en tema históricos, principalmente castrenses y de armas no soy precisamente un neófito y me fijo hasta casi lo patológico, que » corté» la película cuando sé que le faltaban casi media hora (me la sé de memoria lógicamente)

Aquella película que en mi IGNORANCIA pueril me hacía feliz, ya maduro, en pleno principio del invierno vital, me repateaba por sus errores.

Lo mismo me sucedió hace una semana al ver la última versión de » Juana de Arco» ( supongo que con un presupuesto de poco más de 1200 euros, por lo mísera que era. Si hubiera sido » progre» y española tendría subvención casi seguro) que la dejé de ver al observar un » duelo artillero» en la primera mitad del siglo XV, sabiendo que las bombardas y los falconetes y las culebrinas empezaba a aparecer, pero muy lejos de Burdeos o la Borgoña y sin duelos de artillería.

Me quedó claro ayer que, en muchos casos ( no siempre) la IGNORANCIA nos puede hacer más felices que el conocimiento.

Quizá por eso muy habitualmente veo tontos felices y a gente inteligente que no es feliz..o lo es menos.

(1) Mi escasísima familia de dos patas sabe que quiero ser enterrado el día que la Parca me visite, con unos requerimientos. Ni un objeto o símbolo sagrado, respetando mi ateismo, la bandera española sobre la caja, y de música de fondo si es necesari, la canción » Yo te diré» que es la misma que hasta llevo en mi móvil)

El autor

Periodista y escritor, mis pasos me han llevado a moverme por el mundo del misterio y de todo lo que tiene dos explicaciones: la ortodoxa y la heterodoxa